viernes, 1 de agosto de 2014
Una mota de polvo contra el cristal
Atravesada por la luz de la ventana
Como dardos brillantes en el contraste
Y aquí me encuentro completamente sola
Una mota de polvo me encontró a mí
Susurrante, sigilosa, entra en contacto con mis sentidos
Se defiende constante al azar vaporoso del aire
Entra descalza en mi espectro de visión
Cuando estoy completamente sola en mi habitación
Pocas cosas me separan de ella,
No es sólo una mota de polvo, es mi deletadora
Extraviada en mi memoria, cruel emprendedora
de mi propia insatisfacción, es diminuta e invisible
Es común y depredadora, es incesante en el azar
Porque a estas horas sólo me acompaña la soledad
Ata despacio mi propia inexistencia antes de que
una flecha, cualquiera, disparada por la luz la atraviesa
En mi orgullo herido de envidia, o de tristeza
Atabiada con el recuerdo, forajida de su propio destino
Aquí, en mi cama, late inconstante mi inexistencia
Aquí, en mi habitación, sólo estoy yo
No hay nadie más, sólo yo, en mi habitación
Una mota de polvo va a colisionar con mis pestañas
Indecisa de su destino, va a morir en mi espectro de visión
¿Eres tú aquella mota de polvo?
No parece nadie preguntar
¿Acaso eres como yo?
Ella no parece musitar
Mi identidad itinerante va a enmudecer, cuando esta pequeña
mota extinga su vida. No nos volveremos a ver.
Hoy más que nunca, en esta habitación, me encuentro sólo yo.
martes, 22 de julio de 2014
Inventario de nostalgia
1:-Las cartas escritas a mano, largas o cortas, la caligrafía personal de un emisor, la espera, el olor, el tacto, la tinta derrochada y emborronada por las lágrimas. El valor de guardarla como reliquia.
2:- Los vinilos, la elegancia de un baile, una conversación a susurros, la risa cómplice, las miradas furtivas. Frank Sinatra dedicado a una noche eterna, cercana y onírica.
3:- Videocasets, las listas de canciones, las canciones dedicadas, elegidas canción a canción para alguien en qué pensar cuando las escuchas, el intercambio de baladas lentas, de sonidos fuertes, de recuerdos pasajeros en el tiempo, pero no en la música.
4:- Los diarios como relato histórico olvidable, como encuentro con uno mismo. Espejo de los propios fantasmas y demonios, testigo silencioso a las palabras y el recuerdo, dejarse llevar por un relato subjetivo.
5:-La radio acompañando las largas mañanas con sabor a café. Una extraña compañía, una serena percepción del momento, la tranquilidad de disfrutar del momento a solas con una voz familiar.
6:- Los antiguos medios de transporte, el encanto de la lentitud, la incorregible obligación de disfrutar el paisaje. Llenar el canasto de la bici de flores, comenzar a pedalear lejos, muy lejos. El sonido del mar.
7:- Juegos de mesa, arcaicos, antiguos, ocultos. La diversión en algo simple y creativo, la tendencia a evitar los finales, la viva complicidad.
9:- La desteñida naturaleza captada por una polaroid, repiquetear piedras en el agua, recoger flores y conchas en la arena, improvisar un campamento, envalentonar las intenciones de acercamiento.
10:- La sutil sensación de paz, un murmullo constante que alivie la fatigosa premura de la imparable vida cotidiana, disfrutar cada detalle como si olvidaras cada día que ya lo habías visto, abrazar sin tener en cuenta el qué o a quién. El estúpido caso de alguien que se dejó llevar por la nostalgia.
miércoles, 28 de mayo de 2014
Oda a una compañera de piso
No hubiera nunca pensado que el sonido de la puerta al cerrarse cuando te vas se me haría el sonido más agradable que eras capaz de producir. Supongo que a estas alturas empatizo cada día con cada mueble que decides maltratar sin pudor ni respeto por horario alguno. Pero lo que más me inquieta es el estado de tu mandíbula cuyo crujir puedo apreciar desde mi pequeña habitación siempre que decides alimentarte. Y querida, déjame decirte algo, he decidido expropiar tus maletas de mi habitación, las cuales colaste sutilmente el primer año de convivencia, utilizando mi zulo como tu almacén personal siendo tu habitación el doble de grande. Apenas quiero recordar las veces que has decidido tirar mi café y negarlo en mi cara después como apenas me cuesta identificar la risa falsa que te sale por las comisuras. Estaba de acuerdo contigo con cada queja que emitiste sobre nuestra compañera hasta que irremediablemente vuestras risas me rompieron una mañana festiva en la que dormía plácidamente. Has creado tu propia jerarquía entre tu ropa y la mía aquel día que decidiste desahuciarlas de la lavadora y colocarla sutilmente en una bolsa de basura.
Lo más divertido es que tu hipotética superiodidad intelectual se ve frecuentemente traicionada por tu lengua, al igual que tus acciones por tus palabras. Más que un insulto a mi inteligencia, la sumo a una evidencia de la carencia de la tuya cuando decides utilizar mis cosas sin mi permiso esté o no yo presente y dejar que otros las usen. No es tanto rencor lo que te guardo sino desconfianza. En el fondo, te comprendo, siempre fuiste una anarquista que negaste la autoridad que se auto-proclamaba aquello que llamamos contrato. Ahora que, debido al terrible suceso del robo de este verano tenemos candado en las puertas me siento más segura, porque mis enemigos aguardan bajo mi mismo techo. De alguna manera, así también protejo mi pequeño refugio de cuatro paredes, siempre demasiado caótico y ninguneado por su escaso espacio, pero desde el cual, tengo la certeza, se oyen mejor las gotas de lluvia cuando cae una tormenta.
viernes, 9 de mayo de 2014
El último aliento.
Ahora que la musa ha decidio columpiarse en su traicionero letargo, ahora que ella es capitana incontestable de mis horas muertas, ahora, es ella la única dispuesta a desafiar mis verdades, mis estándares, mis certezas.
Sólo cuando mi imaginación es más grande de lo que puedo soñar y corre descalza rápida como la pólvora, es entonces cuando descubro que he perdido la capacidad de construir algo tangible de algo tan efímero y que para hacer algo de valor habría que exorcizarme las palabras recitando en verso algún diccionario. El cerco se aprieta más contra la garganta de una musa desesperada por gastar su último aliento en un grito de ayuda. Cada golpe del teclado es sólo el eco imperturbable de la sublime locura que cabalga a lomos de una libertad con alas más grandes de la que estas dos pequeñas manos puedan abarcar. Lo que antes me parecían mariposas, ahora tan muertas como el latido, parecen vulgares polillas que se ven reemplazadas por majestuosas víboras sedientas de sangre y dipuestas a tomarle el pulso a estas tristes letras. Los antiguos regueros de tinta son como veneno ardiendo que da de beber al corazón de la musa, tan rota y tan perdida en el silencio indecoroso del tiempo. Y en las profundidades de ese bosque de horas, se saborea un olor que se presenta familiar: la última botella bajo la luz de una lámpara, terriblemente derrochada en emborrachar a esa escarchada embajadora que es mi musa y así convertirala en la mejor y peor de las Górgonas. Preparada ante cualquier caprichoso sacrificio del papel, mi forajida fugitiva empuña su arma para abrir una batalla personal contra la alienación, el silencio, la desaparición.
jueves, 7 de noviembre de 2013
Sonetos de Shakespeare traducidos por mí.
XX
Un rostro de mujer trazado por la propia mano natura
Tienes tú, dueño dueña de mi pasión
el gentil corazón de una mujer, mas no conocido
por deambulante cambio, así como es costumbre de mujeres falsas.
Ojos más brillantes que los suyos, menos falsos en veleidad
Cubre de oro el objeto al que contempla;
Hombre en apariencia, toda apariencia que bajo su control
roba los ojos de los hombres y maravilla el alma de las mujeres.
Y como mujer fuiste tú primero creado,
hasta que la naturaleza, mientras te forjaba, cayó prendaday con lo que sumó me privó de ti,
al añadir una cosa para ningún proposito mío.
Pero desde que ella te dotó para el placer femenino
Mío es tu amor y el uso de tu amor, su tesoro.
CXVI
No sea yo el que a la unión de espíritus leales
admita impedimento. No es amor el amor
que altera cuando encuentra alteración,
O cede con el que cambia para cambiar.
¡Ah, no! Es una señal siempre fija
visible en las tempestades y nunca perturbada;
Es la estrella para todo barco errante,
Cuyo valor es desconocido, aunque su altura es mensurable.
El amor no es esclavo del tiempo, aunque sus mejillas y rosáceos labios
Caen dentro de la curva brújula de su guadaña;
El amor no se altera con sus breves horas y semanas,
Sino que resiste incluso el abismo de la muerte.
Si esto un error fuese, y se me probara
Yo nunca escribí, ni jamás hombre alguno amó.
sábado, 26 de octubre de 2013
La torre del arlequín I
No hacía mucho tiempo que mi padre había muerto cuando tuve que quedarme sola con mi madre. Pasaba los días encerrada en la humilde casa de roca caliza mientras mi madre trabajaba para pagar una hogaza de pan y quizá algo de carne, si había suerte, que llevarnos a la boca. Teníamos unos estorninos pinto sobre el ventanal del patio, los cuales estaban adornados con algunas flores amarillas que se regaban con la abundante lluvia tan habitual en aquella parte de la isla. Vivíamos en una pequeña villa costera, a tres o cuatro leguas de la ciudad mercantil del estado. Hacía algo de tiempo que había dejado la enseñanza en pos de guardar la casa, pues mi madre aún sentía viva la tragedia acometida por mi padre y por ello me guardaba en casa como el último tesoro que le quedaba sobre la tierra. Como mi querida progenitora llegaba tarde de su trabajo, solía distraerme jugando en los riachuelos de la colina o repiqueteando las piedras en el agua de los molinos que tenían algunas casas para moler el trigo. Agudicé mis conocimientos gracias a un viejo ermitaño que acumulaba por cientos de miles los libros en su casa y muchas veces, me intercambiaba uno por el simple regalo de mi compañía. En aquél momento del año, las noches se hacían muy oscuras y como la neblina se hacía densa como las entradas del mismísimo infierno, corría yo a casa antes de que apagasen los candiles que prendían en los caminos y aguardaba inquieta la llegada de mi madre. Una tarde grisácea salíamos las dos rumbo hacia la ciudad en busca de provisiones para la semana. Algo de comida y mantas que pudieran asegurarnos un mejor paso del solsticio invernal. En un despiste tonto e inocente, cuando creía que mi madre no miraba, me distraje paseando la mirada por las gacetas de los kioskos y encontré en uno de ellos, cuyo nombre era exquisitamente incierto, la breve noticia de la llegada de un conocido pillastre, embustero y algo estafador cazador de fortunas. Quizá era una simple rata de la Guardia Libertaria pero aún así, su rostro dibujado me inculcó una misteriosa fascinación, tan impropia de mí, que agasajó mis más racionales sentidos.
Sorprendíme a mí misma semanas después buscando inexorablemente cualquier noticia, información o rastro que me llevara a saber de él. En cierto sentido, le tenía miedo. Había oído sobre su particular "caza de brujas" la cual le daba grandes ingresos y de sus "hazañas" en su itinerante marcha por la isla en busca de nuevas cabezas que mandar a la horca. Supongo que mi curiosidad por saber qué puede llevar a un ser humano a realizar tales actos me impedía ver lo que en realidad era el motivo de aquel cuativador pensamiento que rondaba mi cabeza: me atraía. Negaba a mí misma una y otra vez la posibilidad, pero en el fondo era innegable que me gustaba la leyenda que se había forjado y como sus ojos castaños, su barba oscura y su pelo salvaje habían tomado una parte de mi corazón al ver su rostro en aquella gaceta. Se había rumoreado que pasaría tiempo por la provincia y que algunas personas le habían visto deambulando por los caminos, a veces buscando un caballo con el que hacer su trayecto más corto.
Ya a mitad de semana, corrí en mi habitual rutina a visitar al ermitaño, que se hacía llamar Gary Robert aunque yo misma dudaba de que ese fuera su verdadero nombre. Fue él mismo quién me puso en contacto con el forajido, aquél que desde entonces comencé a llamar por su nombre: Adam Corbirock.
viernes, 18 de octubre de 2013
Verso a Verso conquistamos la noche.
Amo; y no soy correspondida.
No soy correspondida; y sigo amando.
Descorcha en un llanto mi pena
Que a mis ojos cubre como un manto.
Es triste y desoladora la espera...
Incesante, yo sigo caminando
Porque amor y soledad es condena
Porque amor y soledad deriva en llanto
Encontré tierra firme en mi destino
Cuando iba a la deriva navegando
Unas manos vacías a mí tendidas
Y en cada faro de guía, yo esperando.
Negros los ojos, negro el cabello
Negra es la noche en el cementerio
Blanca la luna, blanca la estrella
Blanco la escarcha en el vestido de ella
Dormitaba tendida sobre la tumba
Y despejando sus manos de los guantes
Esperaba, taciturna, a su amante
Con tenaz esperanza que no derrumba
En la neblina espesa de aquel paraje
Encontraron un lugar que guardaba su sino
Y buscaban sus labios, mutuos, anhelantes
Como un ángel que teje su lino.
Los Dioses del cielo dan testigo
De cómo lo etéreo se hace palpable
El viento descubre la escritura
En la tumba aparece su nombre.
No soy correspondida; y sigo amando.
Descorcha en un llanto mi pena
Que a mis ojos cubre como un manto.
Es triste y desoladora la espera...
Incesante, yo sigo caminando
Porque amor y soledad es condena
Porque amor y soledad deriva en llanto
Encontré tierra firme en mi destino
Cuando iba a la deriva navegando
Unas manos vacías a mí tendidas
Y en cada faro de guía, yo esperando.
Negros los ojos, negro el cabello
Negra es la noche en el cementerio
Blanca la luna, blanca la estrella
Blanco la escarcha en el vestido de ella
Dormitaba tendida sobre la tumba
Y despejando sus manos de los guantes
Esperaba, taciturna, a su amante
Con tenaz esperanza que no derrumba
En la neblina espesa de aquel paraje
Encontraron un lugar que guardaba su sino
Y buscaban sus labios, mutuos, anhelantes
Como un ángel que teje su lino.
Los Dioses del cielo dan testigo
De cómo lo etéreo se hace palpable
El viento descubre la escritura
En la tumba aparece su nombre.
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